Un ensayo que vincula la reflexión poética de Hölderlin sobre la tierra con prácticas agroecológicas modernas, explicando la importancia de la rotación, la cobertura vegetal y la nutrición equilibrada para sostener la producción sin agotarla.
Y abiertamente consagré mi corazón a la tierra, grave y doliente, y con frecuencia en la noche sagrada le prometí que la amaría fielmente hasta la muerte, sin temor, con toda su pesada carga de fatalidad y que no despreciaría ninguno de sus enigmas.
Y así me ligué a ella con un lazo mortal. Estas palabras pertenecen a Friedrich Hölderlin, en su obra dramática La muerte de Empédocles, traducción realizada por Estanislao Zuleta, las cuales leí en alguna oportunidad, las escribí y las guardé, y hoy se las quiero compartir. ¿Qué significa consagrar el corazón a la tierra? Para quienes trabajamos en ella significa aprender a reconocer sus procesos, incluso aquellos enigmas que todavía no logramos comprender completamente.
Y es aquí donde comienza este artículo. Sabemos cada vez más sobre los suelos, las raíces, los microorganismos, el agua, la nutrición de las plantas, pero la agricultura continúa planteándonos ciertas preguntas a las que hoy nos referimos como enigmas. Una de esas preguntas es: ¿cómo producir en el tiempo sin agotar la tierra? Producir de manera constante no exige agotar la tierra ni detener por completo la producción.
Desde antiguos ciclos agrícolas hasta modernas prácticas agroecológicas, la clave para garantizar la fertilidad del suelo radica en aprender a leer sus señales, integrar coberturas vegetales y devolverle activamente la materia orgánica que consume en cada cosecha. En el libro del Levítico encontramos una reflexión sobre los diferentes momentos de un cultivo y el tiempo necesario antes de su aprovechamiento.
Allí se establece que, después de plantar un árbol frutal, durante los tres primeros años no se debían consumir sus frutos; en el cuarto año, los frutos eran consagrados, y a partir del quinto año podían ser consumidos. También encontramos otro ciclo: durante seis años se cultivaba la tierra y el séptimo año se dejaba descansar. Después de siete ciclos de siete años llegaba el Jubileo, el año cincuenta. ¿Por qué hablar de esto?
Porque allí encontramos una reflexión sobre los diferentes momentos de un cultivo y el tiempo necesario antes de su aprovechamiento. No pretendo trasladar literalmente aquellas formas de agricultura a nuestra agricultura actual. Me interesa la reflexión que podemos hacer hoy sobre el manejo de la tierra y su capacidad para continuar produciendo en el tiempo. En los cultivos de ciclo corto podemos hacer rotación.
La rotación de cultivos para romper problemas sanitarios del suelo
Si durante un año hemos sembrado tomate, al siguiente podemos sembrar frijol, maíz u otra hortaliza que no pertenezca a la misma familia. La intención es romper la continuidad de algunos problemas sanitarios y permitir que el suelo reciba nuevos nutrientes. Pero rotar no significa simplemente cambiar una planta por otra. Significa establecer una nueva relación entre el suelo y el cultivo, observando cómo responde cada especie, cómo crece, cómo se comporta y qué producción nos ofrece.
En cambio, cuando hablamos de cultivos perennes la situación es diferente. Un árbol puede permanecer por más de 20 o 30 años en un mismo lugar. Entonces, ¿cómo podemos ayudar para que la tierra descanse y se regenere mientras continúa produciendo? La respuesta no es detener la producción.
Agroecología mediante cobertura vegetal y materia orgánica para construir suelo
Ese descanso puede expresarse de otra manera en la agroecología: mediante la cobertura vegetal, el aporte de materia orgánica y una fertilización adecuada a ese cultivo y a ese suelo. Cuando hablamos de nutrición e incorporamos un abono, no solamente estamos aportando elementos nutritivos, sino que también estamos construyendo suelo. Pero aquí quiero hacer una precisión: un abono no es simplemente estiércol.
Un abono es un compendio de diferentes elementos que podemos encontrar en la naturaleza y que, al integrarse, aportan los nutrientes que necesita la planta. Las plantas requieren 17 elementos esenciales: nitrógeno, fósforo, potasio, calcio, magnesio, azufre y los micronutrientes. Por eso, cuando hablamos de nutrición, no se trata solamente de agregar un material al suelo, sino de aportar lo que el cultivo necesita para desarrollarse.
Las arvenses como cobertura vegetal que conserva la humedad y produce biomasa
Cobertura vegetal Cuando hablamos de las llamadas malezas, en agroecología nos referimos a ellas como arvenses. Las plantas no son ni buenas ni malas. Simplemente, no podemos catalogarlas así porque no fueron sembradas por nosotros y nacieron de forma espontánea. Las arvenses hacen parte de la naturaleza y ayudan a cubrir el suelo, conservar la humedad y producir biomasa.
Al descomponerse, devuelven los nutrientes al suelo. Algunas especies sirven para producir alimento o refugio para determinados insectos, tanto benéficos como plaga. Precisamente por eso, en algunos cultivos se dejan calles de arvenses, para que estos insectos encuentren allí alimento y permanezcan en la cobertura vegetal, en lugar de subir directamente al árbol. Entonces, ¿cuándo se convierte realmente en un problema?
Cuando una especie se vuelve invasiva y domina el espacio del cultivo.
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