Descubrí cómo la familia Jiménez fundó Pizzas Piccolo en 1977, revolucionó la gastronomía en Medellín y expandió su negocio con producción propia, superando retos familiares y del mercado.
En la madrugada de 1976, Medellín era una ciudad en la que la pizza era un lujo lejano y la rutina gastronómica de las familias giraba en torno a platos tradicionales.
Pero dentro de los romances y los anuncios clasificados del periódico El Colombiano, un hombre llamado Carlos Arturo Jiménez, conocido cariñosamente como Kalín entre su familia, encontró la puerta de entrada a una nueva realidad. Recientemente regresado de Nueva York, donde había vivido experiencias que le cambiaron la perspectiva, Kalín llevaba consigo una idea audaz: no solo vender comida, sino crear un negocio que pudiera abarcar a todos los miembros de su familia y que al mismo tiempo introdujera a los paisas en el mundo de la pizza.
El origen de Pizzas Piccolo
Con una inversión de $180.000 en esa época, un local de apenas 47 metros cuadrados en la carrera 43 B del barrio El Poblado, con fachada de madera y techo de paja, se convirtió en el escenario de un sueño que trasciendería cinco décadas. El Poblado de entonces era muy diferente al que hoy es un punto atrayente para turistas y residentes.
Sus calles dispersas de casas, fincas, una iglesia y un parque sostenían un ambiente de vida rural que contrastaba con la emergente modernidad. Para los vecinos, salir a comer en el barrio se convertía en una experiencia única, acompañada de viajeros que llegaban en carros con sobrecupo; María Cristina y Patricia Jiménez, dos de las siete hermanas que mantuvieron el negocio a lo largo de los años, recuerdan cómo ese pequeño local transformó la vida de la comunidad.
El 9 de febrero 1977, las puertas de Pizzas Piccolo se abrieron oficialmente, proporcionando a los paisas una experiencia de pizza que combinaba influencias italianas, neoyorquinas y estadounidense. La madre de la familia, que también tenía un restaurante, había inculcado en sus hijos el valor de la comida familiar y la gestión del negocio; por eso, cuando Kalín llegó con la idea de una pizzería, se sintió respaldado por una tradición culinaria familiar.
Una pizzería generadora de empleo
Con el tiempo, el local que había empezado como un refugio para la familia se convirtió en un centro de trabajo para muchos. Los hermanos de Kalín se unieron, y los estudiantes de secundaria y universidades locales encontraron allí la oportunidad de estudiar y laborar simultáneamente.
"El hermano fue el pionero en otorgar trabajo a los estudiantes", asegura María Cristina, evocando cómo la pizzería se convirtió en una ventana al futuro de jóvenes ambiciosos. A diferencia de la tradición de la época, donde las familias de Medellín permanecían en la ciudad y suendo servicios de comida, Piccolo emergió como un espacio de encuentro para la juventud.
Se escuchaba música estadounidense, que provenía directamente de la consola de Kalín que entrenaba en Nueva York, y las familias recién salían de sus hogares a disfrutar de un ambiente que mezclaba las notas de pop emergente y rock, entrelazándose con la frescura de la pizza recién horneada. Su local se convirtió en el lugar de moda en el que se mezclaba el aporte de la cocina internacional con la creatividad local.
La expansión regional de la marca
El éxito de este primer local atrajo la atención de los habitantes del centro y de los alrededores, lo que llevó a la empresa a expandirse más rápidamente. Se abrió la sede de la 70, y posteriormente se inauguraron Pizzas Piccolo en Medellín, Cartagena, Pereira y Barranquilla, confirmando la presencia de la marca en toda la región del Caribe y la costa Pacífica.
La expansión también vino acompañada de una estrategia de producción propia, una práctica que le dio a la empresa un control total sobre la calidad. En 1986, Kalín adquirió la empresa Tivoli, proveedor de carnes frías y otros insumos, con el objetivo de dotar a la cadena un control más profundo sobre la cadena de suministro y la innovación.
Al alcance de manos de la familia, la compañía produjo jamón, salami, pepperoni, cábano y tocineta, y también invirtió en producción de queso. Se cubrió una huerta para cultivar tomates y demás hortalizas que figuran en las pizzas, lo que permitió la frescura de la oferta y la autosuficiencia. Y aunque Piccolo tuvo éxito, la empresa también enfrentó momentos críticos. En 1995, Kalín murió, dejando a la compañía en manos de su familia.
El legado empresarial de la familia
Dos años más tarde, Jairo también falleció. La hermana María Cristina, economista de la Universidad de Medellín, asumió la dirección de la compañía y lideró su consolidación y desarrollo futuro, permaneciendo como la cabeza de la empresa frente a los desafíos de la industria. La historia de Piccolo se convierte en un relato de visión, trabajo familiar y resiliencia.
Desde un pequeño local reviste la moraleja de la importancia de la innovación constante, la cultura empresarial de calidad y la voluntad de unir cultura, vida laboral y comunitaria, convirtiéndose en una de las redes gastronómicas más veneradas con un legado que continúa alimentando a la ciudad y al país.
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